Día a día se abrían las puertas de su prisión, cada día un poco más. Poco a poco la sensación amarga que lo acompañó durante todo ese tiempo se despejaba dejando un agradable sentimiento de tranquilidad.
Su recuerdo era cada vez menos importante y ese encaprichado sentimiento se diluía como pintura en el agua.
Aliviado y reconfortado caminó de regreso con la idea vaga de una historia contada infinitas veces, una historia ya gastada que había sobrepasado su límite de reproducciones... el fin del capricho.
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